Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

La intolerancia cool: el entorno respeta, pero exige una definición sexual

Lejos de espantarse porque un amigo o pariente se confiese gay, lo que muchas personas no pueden soportar es que alguien sienta atracción indistintamente por uno u otro género.


Cuando Luciana (42) conoció a Vanina sintió que el mundo se había detenido. Nunca había tenido una atracción tan fuerte por una mujer. Hasta entonces, siempre se había relacionado con hombres; incluso estaba en pareja con Matías hacía dos años. Decidió separarse y hacerse cargo de lo que le estaba pasando. Su decisión le trajo un problema donde menos lo esperaba. "Gran parte del entorno de Vanina se movía en un circuito gay. Yo no era aceptada porque no me consideraba ni gay ni hetero. Me decían: «¿Vos qué onda?, ¿vas y venís?» No me hallaba en ningún lugar. Para mucha gente gay, era inaceptable estar con hombres y yo era sapo de otro pozo", recuerda. Al tiempo se separaron y Luciana conoció a Eugenio, con quien se casó y tuvo dos hijos.

El caso grafica una situación propia de la época. Cada vez más personas deciden no definirse en relación a una determinada identidad sexual; sin embargo, esta fluidez provoca malestar en aquellos que no admiten esta permeabilidad a la hora de vincularse con un otro.

"La sexualidad es una construcción que tiene una base biológica, pero también es un fenómeno cuerpo-mente. La conformación de la sexualidad de cada uno va a ser aprehendida en un contexto social, vincular y afectivo que va a terminar de tallar ese cuerpo y esa mente. Hoy entendemos que hay distintas formas de expresión sexual, prácticamente inabarcables. Lo que creíamos que era una estructura fija, que no podía cambiar, hoy lo leemos como una construcción más flexible y fluida", explica Adrián Helien, médico psiquiatra que coordina el Grupo de Atención a Personas Transgénero del Hospital Durand y coautor del libro Cuerpxs equivocadxs: hacia la comprensión de la diversidad sexual (Paidós).

Para Rafael (30), estudiante de Ciencias Políticas, no fue fácil contarle a su entorno que le gustaban los hombres. Durante un tiempo, se la pasó mintiendo u ocultando dónde estaba o a quién veía. Cuando su ex novio lo dejó, no pudo contener la tristeza y decidió hablar. Para su sorpresa, recibió el apoyo de sus afectos. El problema -asegura- vino después.

"Yo pensé que había «salido del clóset» y cuando tenía 25 años conocí una chica de la cual me enamoré profundamente. Estuvimos dos años de novios. Algunos amigos me decían que estaba en una «etapa», que «ya se me iba a pasar» o me pedían que me defina por alguno de los dos sexos. Nadie creía en lo que me pasaba. Yo estaba muerto de amor por ella", expresa. Ahora, en retrospectiva, reflexiona: "Cuando me autodefiní gay lo que hice fue entrar en otro clóset y me equivoqué. Estaba viviendo la mitad de mi sexualidad. Hoy me siento totalmente libre porque no me enamoro de una persona por su genitalidad, sino por lo que la persona es".

El concepto de sexualidad fluida sostiene, a grandes rasgos, que las atracciones de las personas y por lo tanto su identidad sexual puede cambiar a lo largo del tiempo. La persona puede ser homosexual, heterosexual, bisexual, pansexual o incluso asexual, puede tener relaciones con varones, mujeres o trans más allá de la biología. Se trata de establecer relaciones afectivas que empiezan a quebrar el binario de la orientación sexual.

Por ejemplo, una mujer que siempre estuvo con hombres se identifica como heterosexual. Luego, desarrolla un vínculo emocional muy fuerte con otra mujer y se encuentra sexualmente atraída. A veces, las mujeres que pasan por esta experiencia todavía se consideran heterosexuales y ahí es donde se produce la confusión: su atracción cambia, pero todavía se identifican con la misma orientación. Otras eligen identificarse como bisexuales o lesbianas.

El punto nodal es entender que la identidad de un individuo es personal y subjetiva. Sólo uno puede definir quién es y representarse de la manera que le parezca, sin importar lo que piensen los demás. Aquellos que no se encasillan en una orientación sexual no rechazan a quienes lo hagan. El conflicto aparece en los que son categóricos en relación a sus preferencias sexuales y las de los otros.

Andrea (45) estuvo en pareja con más de diez chicas, pero nunca dejó de sentirse atraída por los hombres. Hace más de cuatro años está de novia con Claudio, a quien conoció a través de un sitio web de citas. "Yo me considero bisexual. En el ambiente gay tuve que soportar cargadas y hasta discriminación. Hay chicas que no se bancan que pueda gustarte un sexo u otro. La necesidad de etiquetarte está en los dos lados, tanto de los hetero como los homo".

"Son grupos a los que les ha costado mucho visibilizarse, conseguir cierto estatus y no ser discriminados. Cuando alguien propone algo diferente es atacado por miedo a que esta diferencia desarme el conjunto. Los expone a repensarse y les ofrece un nuevo espejo donde verse. Incluso, en estos grupos cuesta aceptar la diferencia del otro", articula Viviana Wapñarsky, psicóloga, sexóloga clínica y cofundadora del Centro de Atención Integral en Salud Sexual (CAISS).

El colectivo Bisexuales Feministas emergió en 2011 en un Encuentro Nacional de Mujeres, que se desarrolló en Bariloche. Lo integran mujeres y mujeres trans y se propone hacer valer la "B", que genera tantas discusiones dentro la propia comunidad LGTB. "En 2008, estábamos armando el Primer Encuentro Nacional de Mujeres Lesbianas y yo dije que las bisexuales también íbamos a participar siempre y cuando la jornada se denominara «Primer Encuentro Nacional de Mujeres Lesbianas y Bisexuales». Se armaron unas discusiones terribles. Nunca me quedó claro qué les molestaba tanto", recuerda Laura, investigadora del Conicet.

¿Por qué la idea de cambiar es bien vista en relación a un trabajo, un gusto musical o cualquier otro aspecto de la vida y no así en lo sexual? ¿Acaso uno es la misma persona que hace 10 años? ¿Desea siempre lo mismo? "La diversidad sexual somos todos y la posibilidad de que haya un otro diferente nos cuesta. Es un trabajo que tenemos que hacer como sociedad, independientemente de las categorías y las etiquetas. Hay que trabajar para aceptar al otro como un otro diferente, válido para la convivencia", concluye Helien.

Lila Bendersky | La Nación

Ni hombre ni mujer: cada vez más jóvenes evitan ser encasillados

Son jóvenes que esquivan las categorías binarias de varón-mujer y construyen identidades menos estáticas, a la medida de su deseo.

A Sabrina le ceden el asiento en el colectivo, a Santiago le dicen "campeón" o "jefe" por la calle. A Sabrina/Santiago le da igual que la/lo traten de ella o de él; de hecho su apariencia puede sugerir ambas cosas. O ninguna. Pelo corto, remera unisex, pantalón ídem, no busca ser ni él ni ella, sino que se define como "género fluido". "No me puedo encasillar ni como varón ni como mujer, no me siento hombre ni mujer. Uso a veces otro nombre, Santiago, independientemente del que figura en mi DNI, que es Sabrina, pero no cambié mi documento ni tampoco creo que lo haga. Me resulta indistinto que me traten como él o como ella, no me genera ninguna incomodidad", asegura Sabrina Testa (tal como figura en su documento), de 31 años, que enseña castellano, literatura y latín y que, cuando escribe o chatea, evita que sus palabas definan género. Ni chica, ni chico: chicx.

No se trata de un único caso. Cada vez son más (y a edades cada vez más tempranas) las personas que se autoexcluyen del binario varón-mujer, cuestionándolo o apartándose de la obligación de llevar sus vidas en clave femenina o masculina. Agénero, intergénero, neutro, demigénero, género fluido, pángenero, queer o questioning, entre muchas otras etiquetas, todas integran un amplio abanico de identidades asumidas por quienes tienen en común con las personas trans el no estar de acuerdo con el género que les fue asignado al nacer. La diferencia, eso sí, reside en un punto no menor: no desean pertenecer a un género en particular. Están afuera de la oposición.

"Estamos viendo cada vez más consultas de jóvenes de alrededor de 18 años que no se sienten identificados con el mundo del varón ni con el de la mujer, y que tienen otras identidades de género. Hay distintas etiquetas o formas de ser nombradas, pero de lo que se trata es de personas que no adscriben al binario de género masculino/femenino, y que no quieren ubicarse en ninguno de los dos casilleros, sino estar afuera", cuenta Adrián Helien, médico psiquiatra que coordina el Grupo de Atención a Personas Transgénero del Hospital Durand y coautor del libro Cuerpxs equivocadxs: hacia la comprensión de la diversidad sexual (Paidós).

"Las personas que se identifican como pertenencientes a la categoría 'no binario' rechazan la asunción del género hombre/mujer. Hacen estallar la presunción naturalizada que haría corresponder en base al sexo asignado al nacer una identidad de género determinada e "inevitable" -completa Marcos Ghea, psicólogo que integra el citado grupo del Durand-. Quienes se autoperciben como 'no binarios' no se sienten identificados con ninguno de los elementos pertenecientes al mundo 'del rosa y el celeste'. Denuncian y se resisten a ser etiquetados como hombre/masculino o mujer/femenina, como si fueran dos categorías excluyentes por fuera de las cuales no habría otro modo de ser en el mundo".

Ya sea como decantación natural de los avances en pos del reconocimiento de la diversidad sexual y de género (cuyo hito, en la Argentina, es la Ley de Identidad de Género) o porque quienes se ubican afuera del binario varón/mujer comienza a ser más y por lo tanto más visibles, la existencia de estas otras identidades de género comienza a ser reconocida desde distintos lugares. Son pequeños gestos, aunque algunos llegan a millones. Tinder, por ejemplo. La App de citas con 50 millones de usuarios ahora permite a quienes ingresan por primera vez elegir ya no entre dos géneros, sino entre... 40. Fuera del mundo virtual, crecen los espacios públicos como universidades, centros comerciales, museos, bares o escuelas que cuentan o aspiran a contar con baños multigénero.

Con Beyond He or She (Más allá de él o ella) como título de tapa, la revista Time abordó recientemente el tema a partir de una encuesta realizada por la ONG norteamericana LGBTQ Glaad que muestra que el 20% de los millennials no se reconoce ni estrictamente heterosexual ni dentro de la categoría cisgénero -personas cuya identidad está en sintonía con el género socialmente asignado-, cuando el porcentaje dentro la generación de los baby boomers es del 7 por ciento.

Adrián Helien advierte que ubicarse fuera del binario varón/mujer no implica adscribir a una orientación sexual específica: el mismo arco iris de diversidad de género tiene un correlato en la diversidad de elecciones sexuales. "Es habitual en estas personas el cuestionamiento de la orientación sexual más allá del binario heterosexual/homosexual -dice-. La persona puede ser homosexual, heterosexual, bisexual, pansexual o incluso asexual, puede tener relaciones con varones, mujeres o trans más allá de la biología. Se trata de establecer relaciones afectivas que empiezan a quebrar el binario heteronormativo de la orientación sexual".

Incluso esas relaciones pueden ser afectivas, pero no románticas. Andy, estudiante de profesorado de matemáticas, de 19 años, define su orientación como ágenero, asexual y arromántica: "Nunca me sentí mujer, pero tampoco hombre. El problema es que hasta que a los 17 años conocí la palabra ágenero no sabía que había otras opciones. Pero mi orientación sexual, que es asexual y arromántica, la sabía desde mucho antes, era algo muy definido: ni atracción sexual, ni romántica. Mis vínculos son mi familia y mis amigos, nunca tuve ningún problema con eso", cuenta Andy, que admite que no suele ser fácil que entiendan su identidad: "No creo que sea mala intención de la gente, sino que hay muy poca información al respecto", agrega.

Sam Escobar, a cargo de la edición de belleza de GoodHousekeeping.com, también se ubica fuera del binario y ha escrito en la revista Esquire varias columnas sobre el tema. En una de ellas responde justamente a la pregunta "¿si sos no-binario entonces sos gay?": "No, tu orientación sexual y tu género son cosas separadas. Yo soy queer [término que se usa para personas que integran minorías que no se identifican con el binario] y me atraen personas de distintos géneros. Y, de hecho, he salido con muchas personas que se identifican como heterosexuales", escribió.

"Incluso el hecho de que una persona sea agénero no significa que no pueda gustarle el rol de su orientación -agrega María del Carmen Rodolico, psicóloga y sexóloga clínica del Grupo de Atención a Personas Transgénero del Durand-. O puede ser diferente, y que le gusten varones, mujeres, mixto, bisexuales. Es complejo".

"Un error común es suponer que todas las personas no-binarias son andróginas -escribe Sam Escobar-. La forma en que uno se presenta (la expresión de género) y la forma en que uno se identifica pueden estar conectadas, pero no necesariamente dependen una de otra. Yo no me identifico como una mujer, pero las fotos muestran que me presento bastante femenina, por lo que la mayoría de las personas asumen que soy una mujer cisgénero a menos que les diga que no es así. Llevo el pelo largo porque prefiero el corte hasta los hombros. No me depilo las piernas. De vez en cuando uso vestidos, y juego con el maquillaje todos los días porque ése es mi trabajo [editora de belleza]. Al mismo tiempo, conozco gente no-binaria que usa barba y se depila las piernas, otros que se maquillan el rostro y usan traje. Todas son expresiones que dependen por completo de lo individual".

Así como andrógino no es sinónimo de no-binario, el uso de prendas de vestir que no señalan unívocamente si son para varón o para mujer se encuentra muy extendido hoy en día. Y esa androginia en el campo de la moda es, también, un signo de época. "Empezamos en 2001 haciendo ropa con una estética específica, que no llevaba ornamentación, y en los últimos años empezamos a ver que muchas prendas funcionan bien para hombre y para mujer. De hecho veíamos que mujeres y hombres compraban prendas indistintamente de en qué perchero estaban. Ahí empezamos a trabajar nuestras prendas desde un no género", cuenta Emiliano Blanco que junto con Camila Milessi están a cargo de la dirección creativa de la marca de ropa unisex Kostüme.

"Creo que en la Argentina ha habido una apertura a partir del casamiento igualitario y la ley de género que ha hecho que se pierda el prejuicio a usar prendas de hombre o mujer, sobre todo en los jóvenes -opina Emiliano-. Hoy hay hombres que no tienen problema en vestir una musculosa o remera larga que en una mujer funciona como vestido. Si les gusta y les queda cómodo, lo llevan".

En la consulta habitual en el hospital, Adrián Helien cuenta que es común que los jóvenes que no se identifican con los roles de género masculino o femenino busquen ciertos cambios corporales o estéticos. "Quieren explorar, a veces feminizando o masculinizando su cuerpo, o buscando códigos de vestimenta que no se identifican con el binario hombre/mujer", explica. En este sentido, Andy cuenta que desde hace tiempo reemplazó el corpiño por el uso de la faja: "Empecé a usar faja para tener el pecho más plano. Es una cosa personal, no me siento cómodo con ciertas partes de mi cuerpo -explica Andy, que suele usar desinencia masculina al hablar, junto con el pronombre él o el neutro elle-. Mi idea de cómo mi cuerpo debería ser es con el pecho plano, y de hecho estoy planeando una mastectomía. Pero tampoco es que busque una imagen masculina. Es como me siento cómodo yo".

"Nuestra tarea consiste en acompañar a estas personas en el proceso de explorar la propia identidad encontrando una expresión de sí mismas que satisfaga las propias expectativas -señala Marcos Ghea-. En muchos casos esto se manifiesta con la intención de presentar una apariencia física andrógina. Esto se puede lograr utilizando indumentaria «ambigua». Otras personas manifiestan la necesidad de cambiar su apariencia corporal, por lo que es necesario recurrir a tratamientos de hormonización, por ejemplo. También están quienes con acompañamiento psicológico y psicoterapia logran integrar su situación agenérica sin necesidad de feminizar o masculinizar sus cuerpos".

Preguntas abiertas

La ruptura del binario de género excede a la ley de identidad de género. "La aparición de los «género neutro» compatibiliza con la ley, porque depende de la autopercepción, pero discrepa de la letra de la ley en cuanto es «agénero» o un «pangénero», esto es, la elección radica en la no elección", advierte Diana Cohen Agrest, directora de las Diplomaturas Virtuales en Bioética y en Reproducción Asistida de la Universidad Isalud. De alguna forma, sostiene, "la ley ya sufrió el proceso de obsolescencia".

"Dentro del nuevo marco que plantea la ley de género, el sexo sigue siendo binario, las categorías se siguen manejando entre varón y mujer -dice Emiliano Litardo, de la ONG Abogados Por Los Derechos Sexuales-. La inquietud de no consignarse como varón o mujer implica el reclamo de quitar de los registros la categoría sexo. Es una cuestión de política social y una cuestión cultural. Pero en tanto no demos el debate, seguirá siendo necesario mantener la categoría sexo en el documento".


Dr. Adrián Helien

Médico Psiquiatra | Coordinador del GAPET, Hospital Durand.


Publicado por La Nación

La revolución del género

Se están produciendo enormes cambios en la comprensión de la diversidad sexual que están influyendo directamente en la vida de las personas. Asistimos a una verdadera revolución del género.

Culturalmente se planteaba que había solo dos formas de ser persona en el mundo: varón y mujer. Los mundos construidos a partir del dogma del rosa y el celeste. Solo se podía vivir en un extremo o en el otro. Esto está cambiando y continúa en proceso de renovación. Los seres humanos podemos estar en el amplio espectro que va de un extremo a otro, en cualquier punto intermedio entre varón- mujer, y aún fuera de estas categorías. Podemos además estar de acuerdo con el sexo que nos asignaron al nacer (cisgénero) o estar en desacuerdo (transgénero), siendo un aspecto humano perfectamente normal. La ciencia lo ha avalado y la ley argentina, pionera en el mundo, le dio un sustento legal.

No hay certeza acerca de cómo se conforma la identidad (ni cis, ni trans), sólo existen teorías, ninguna acreditada como válida por la ciencia actual. La teoría genética dice que la información de las diferentes identidades está inscripta en nuestros genes; la neurohormonal postula que existen cambios hormonales en la etapa fetal que darían diferentes estructuras cerebrales; la psicosocial apunta a las relaciones tempranas familiares. Finalmente, la teoría multifactorial postula que habría factores biológicos predisponentes que interactuarían con otros adquiridos después del nacimiento. Lo cierto es que existen niñxs que desde que adquieren el habla alrededor de los 2/3 años, ya expresan su disconformidad con el sexo asignado al nacer.
Las investigaciones disponibles a la fecha nos informan que, la mayoría de las personas transgénero, refieren que se dieron cuenta que no entraban en el casillero de varón o mujer que se les había asignado antes de los 10 años.

La niñez trans es una realidad negada y muchas veces ignorada por el sistema de salud y el educativo. ¿Hasta cuándo lo seguiremos haciendo sin medir sus consecuencias?
Ningún niñx debería perder su familia, su escuela, a sus amigxs de juego, ni debería ser víctima de violencia. Lamentablemente muchas veces sucede. Sólo por no cumplir con las expectativas de la división varón- mujer son estigmatizados y maltratados. Los niños con experiencia trans son obligados a entrar en un molde en el que no entran.
No se les permite elegir sus juguetes preferidos, limitando sus posibilidades de juego, desarrollo de habilidades y de integración. Por no hablar del castigo o rechazo de sus familiares cercanos. Esto tiene enormes consecuencias negativas para su salud. Un estudio de Caitlin Ryan de la Universidad de California nos dice que el rechazo familiar multiplica por ocho el riesgo de suicidio en niños y jóvenes homosexuales y transexuales.

Si escucháramos a nuestrxs niñxs y lxs miráramos a sus ojos, comprenderíamos que las limitaciones y prejuicios son nuestros. Ellos nos van a marcar el camino en materia de procesos de identidad. La identidad es un valor y un derecho humano básico. Sigamos aprendiendo y permitiendo que nuestros niñxs sean ellos.

La diversidad sexual somos todxs. No los otros. Trabajemos para extender la igualdad y las oportunidades para toda la familia humana.

Dr. Adrián Helien.
Coordinador del Grupo de Atención a Personas Transgénero (GAPET) del Hospital Durand
Autor del Libro Cuerpxs Equivocadxs. Hacia la comprensión de la diversidad sexual. Ed Paidós 2012.

Publicado por Viva.Clarín

Vivir una infancia trans: relatos en primera persona

Testimonios de jóvenes trans que hablan de cómo fueron sus primeros años de vida; por qué se empieza a notar un cambio de paradigma en materia de identidad de género. 

En materia de identidad de género empieza a vivirse un cambio de paradigma mundial que en la Argentina se hace eco: la manifestación de niñxs trans es cada vez mayor, la edad en que empiezan a visibilizarse se reduce y cuando los padres consultan ya no preguntan cómo curo a mi hijx sino cómo puedo acompañarlx con amor. 

Según una encuesta del Hospital Durand, referente en el tema, ocho de cada diez adultos trans que consultan percibieron antes de los cinco años una identidad de género diferente a la asignada al nacer y la mayoría vivió ocultándola. De allí que ahora se perciba un Gender revolution (Revolución de género), como tituló la última revista National Geographic. 

Adrián Helien, coordinador del Grupo de Atención a Personas Transgénero del Hospital Durand, responsable de ese estudio, dice: "Ante la fuerte represión de los padres muchos chicxs optaron por no manifestarse, se lo guardaron. Esto repercute en la construcción de su identidad y afecta su destino como persona. Por eso es tan importante aceptar al hijx tal cual es, acompañarlx con amor, saber que todos somos diversos y normales, que no hay una patología sobre la identidad de género". 

Alan Otto Prieto es un varón trans de 30 años, un sobreviviente (según cifras oficiales, los adultos trans tienen 9 veces más riesgo suicida). Él es el superhéroe de su propia historia. Para Alan, recordar su infancia es doloroso y, a la vez, -cree- una oportunidad para proyectar un horizonte distinto, para promover infancias trans felices. "A lo largo de mi niñez y adolescencia tengo el recuerdo de incontables momentos en los que ese devenir mujer que la sociedad me demandaba estaba en las antípodas de lo que yo deseaba. Yo quería ser el más varonil de todxs", dice. "Por años tuve un pésimo comportamiento en la escuela y en otros ámbitos. Mientras todxs buscaban inducirme a ser una princesita, ser suave y sensible, jugar con otras niñas, yo quería ensuciarme". Alan nació en la ciudad patagónica de Las Heras, en Santa Cruz, el sitio al que eligió volver luego de vivir varios años en Buenos Aires. En la Capital pudo asumir su identidad y comprometerse en el activismo trans para aportar experiencia, información y algo del amor que de pequeño le fue negado. "Sin dudas, uno de los episodios que más marcó mi niñez fue la conducta del padre de unos amigos. Vivía a tres casas de la mía y, cada vez que pasaba cerca, me señalaba riéndose y me llamaba marimacho. Esos adultos que supuestamente debían velar por infancias felices no hacían más que infligirnos daño, hacernos sentir avergonzados por quienes éramos". 

Alma Sánchez nació con genitales de varón hace 47 años en Santa Rosa de Río Primero, en Córdoba, el pueblo natal del cura Brochero. Su padre era maestro rural en un paraje cercano, La Cañada, que hoy ya no existe (el océano verde de la soja arrasó con árboles, ranchos, escuela, pájaros). Allí vivió ella con su familia hasta que su padre se jubiló y todos volvieron a Santa Rosa; luego ella, a Córdoba capital, hasta que en 2006 decidió mudarse a Buenos Aires. Recién a partir de entonces, ya con casi 40 años, empezó a animarse a dar a conocer su identidad femenina, su verdadera versión de sí misma. "El registro que tengo de mi infancia tiene que ver con una natural percepción de mí como una niña. Eso les pasó a todas las personas transexuales que conozco. Ante esto que yo sentía, mis comportamientos lógicos eran los de una niña. Y ahí fue cuando aparecieron los primeros reproches. Ahí apareció ¡el problema! Yo me preguntaba: ¿Cómo es que todos ellos -padres, hermanos, el mundo- no se dan cuenta de que soy una niña? Y, en ese momento, mi nombre masculino y mi pene no fueron demasiado importantes. A la vista de un adulto sí lo eran, comprendí después. Yo decía: "Y bueno, tengo un pene y ¿con eso qué?, si lo mismo soy una nena"; "Me llaman Felipe", pero llámenme como quieran que yo no soy Felipe". Es decir, no racionalizaba eso como problema, lo vivía desde lo sensible". 

El coordinador del Grupo de Atención a Personas Transgénero del Durand, dice: "Las primeras manifestaciones son, en muchos casos, preverbales; se trata de pequeñxs que comunican algún grado de disconformidad genérica ya sea porque rechazan su propia ropa, porque eligen un trapito para tener pelo largo como las nenas, porque sufren frente a los juegos que se les proponen y a algunos les empieza a molestar el nombre que tienen". Aclara que en cada niñx es diferente esa visibilización y la angustia que conlleva. 

Sin ser del todo consciente Alma fue haciéndose cargo del "problema" que le señalaban los adultos y asumió la triste y difícil tarea de "esconder" a esa niña lo más posible, de alojarla en el lugar de los sueños. "Me hice muy soñadora y las secuelas de eso es que aún hoy me cuesta tener la atención concentrada por mucho tiempo y tiendo al divague o a soñar despierta. Lo tomo como secuelas de lo que me tocó vivir. Yo era una niña y no me dejaban serlo, pero sabía que, si me aislaba y entraba en mis sueños, sí lo era". 

Santiago Thomas Romero Chirizola es un varón trans de 23 años. El recuerdo de su niñez que elige compartir se remonta a sus cuatro años, en el jardín de infantes al que iba en San Luis, la ciudad donde nació. "Iba al jardín público Lucio Lucero donde las nenas jugaban en las hamacas y casitas del patio y los nenes con ruedas que giraban por todo el patio imaginando ser autos y camiones que volaban y escapaban de la policía. A mí me dejaban usar una rueda chiquita y de colores (la más lenta). Yo era feliz, era todo un logro no tener que jugar a la casita. Tenía un amigo, Gonzalo, que me ayudaba a conseguir esa rueda cada día, porque eran pocas y se peleaban entre los varones por adueñárselas. Había días que la fuerza desigual, simbólica y práctica de poder hacía que me quedara sin mi ruedita; entonces, recuerdo ir a sentarme en la puerta de una casita a mirar cómo jugaba el resto". En la escuela primaria, Santiago dice que no encontró ningún espacio de libertad, de juego, sólo cariño desarrapado. "Me pasaron a una escuela privada, católica y de mujeres. Se me cortaron las alas, odiaba ese lugar. Mi mamá siempre me recuerda como una niña triste a la que no sabía cómo ayudar", dice. Él recuerda que buscaba como un salvavidas generar algún momento de juego. "En el barrio era mi revancha: a los seis años empecé a salir a jugar al fútbol (los momentos más felices y difíciles a la vez). Me costaba mucho, me daba vergüenza porque nadie terminaba de avalar que estuviera ahí pero, a su vez, yo me ganaba el aprecio y los amigos que me dejaban jugar. El mundo varonil se presenta violento, hostil. Aprendí a pegar piñas, a jugar sucio, a mostrarme más fuerte que los otros (los que tenían pito) para poder sobrevivir". Para Alan, también el barrio fue liberador, porque allí se disponían las tardes de juegos sin tanta etiqueta normalizadora. "En el barrio tenía lxs mejores amigxs que podía soñar, todxs ellxs, y especialmente Yanina, me dejaban ser libre. Me buscaban siempre para jugar y me hacían el aguante. Éramos niñxs con familias muy diversas: algunos con mamá y papá, otros solitos con sus mamás. Pero siempre nos sentíamos segurxs de nuestro vínculo de afecto. Nos conteníamos lxs unxs a lxs otrxs en un universo que siempre nos estaba subestimando", relata. 

Como a Santiago, a Alan el barrio le enseñó a sobrevivir al mundo varonil. "Me hizo ser igual, jugar como arquero del equipo sin importar lo que los pibes de otras manzanas dijeran de mí; el barrio fue mi lugar en el mundo en cada casa que nos construíamos para escabullirnos de realidades familiares, a veces dolorosas, en cada excursión para cazar lagartijas o en cada grito que anunciaba la hora de jugar". "Vuelvo a Yanina", dice Alan, y sigue recordando esa trabajosa infancia. "Con ella experimenté muchas primeras preguntas sobre mi identidad. Una vez, por ejemplo, intentamos hacer pis paradxs y, obviamente, nos meamos los pantalones. Nos reímos mucho de eso en nuestra inocencia infantil. Lo sentíamos como parte de un juego pasajero, pero había algo más". Abandona la frase allí, como instalando una pregunta. Y sigue desnudando su infancia, exponiéndola con su relato: "Yo sufría cada vez que me regalaban algo de Frutillitas, muñecas o vestidos. Yo quería pistolas de agua y los zapatos Kickers para la escuela. En una Navidad los conseguí: no me los sacaba ni para dormir". Su sonrisa es un aletazo divino. 

El psicólogo Alejandro Viedma explica que cuando los padres caen en la cuenta de que tienen un hijx que podría ser trans entran en conmoción porque no saben cómo manejar la situación y tampoco encuentran mucha ayuda afuera, ni de parte de profesionales ni de otras personas. "Gran parte de la sociedad tiene una mirada que juzga a las personas trans y esa crítica muchas veces se dirige hacia los padres de estos niñxs. Entonces, los adultos interiorizan un superyó muy severo, que hace que se pregunten: ¿en qué fallamos?, un interrogante acompañado por sentimientos de culpa, dolor y vergüenza", dice. Hace 20 años, cuando chicxs como Alan o Santiago transitaban su infancia, sin ni siquiera la posibilidad de discutir acerca de una ley de identidad de género, todo era más difícil. Viedma, un profesional especializado en temas de diversidad sexual, nota un cambio de paradigma en los últimos años: antes los padres acudían para tratar de resolver "el problema" del hijx, para que "se cure" y, últimamente, se acercan para buscar y adquirir herramientas, información para poder comprender y acompañar a ese hijx, para poder respetarlo y aceptarlo tal cual es. "Eso sucede si primero se dueló a aquel hijo que se tuvo y en el cual se depositaron muchas expectativas, según se esperaba por su sexo biológico y su género. El proceso puede ser penoso y largo, y sólo se lo traspasa con el amor y la capacidad de empatía. La comunicación fluida entre padres e hijxs es fundamental para celebrar la individualidad de cada quien, para conocer bien a ese otro. Porque se debe entender que la persona trans tiene la convicción interna de sentirse con un sexo distinto al que le asignaron y eso lo lleva a que no claudique en el camino de querer y necesitar expresar su identidad autopercibida, el género que siente como propio". 

Liliana y Daniel son padres de un varón trans que hoy tiene 24 años. "Tus primeros pasos alrededor del añito de vida transcurrieron en el patio de la abuela Sara y se fueron afianzando hasta correr con un fútbol que se conectaba con la intimidad de tu ser. La preferencia por los autitos que les pedías a los reyes magos también nos fue señalando un camino que de alguna manera seguimos intuitivamente", escriben en una carta dirigida a su hijx en la que desandan su recorrido. "El alejarnos de casa hacía que pudieras respirar más libertad. Unas vacaciones en Viña del Mar las disfrutaste jugando en el mar con bermudas celeste". Relatan que durante toda la escuela primaria se sucedieron las batallas para ir a comprar ropa, batallas que ganaban ellos como padres. "Tengo que reconocer con dolor que conservo fotos de un niñx triste que, por complacer, cedía y allí venía la incoherencia. Recuerdo que un nudo me atravesaba la garganta. Tanto lamento mi ignorancia, qué fácil hubiera sido haberlo entendido desde entonces, cuántas lágrimas te hubiera evitado hijx mío". La extensa carta publicada por estos padres en la guía de buenas prácticas en salud para personas trans de la organización Capicüa termina diciendo: "Para el amor de madre no importa si es hijo, hija o lo que sea. A la increíble persona que sos la sigo teniendo por siempre. Te queremos y estamos orgullosos de vos". 

Cuando a Alan se le pregunta por sus padres, dice: "Sé que ellxs hacían lo que podían. Era difícil para mi mamá entender por qué yo siempre andaba despeinado, rodeado de varones y con la ropa sucia". Y el juego, lo más constitutivo de toda infancia, vuelve al discurso de Alan como un remanso. "Pero aun así, mi vieja siempre me dejó jugar", reconoce. "El problema venía en la época de los cumpleaños y las fiestas, cuando ella quería que yo fuera una nena como cualquier otra. Entonces peleábamos y ganaban la represión y los mandatos". 

Cuando a Alma se le pregunta por sus padres, dice: "Yo soy padre de cuatro y lo que pienso es que hay que dejar ser a los niños. Y, si tenés un hijo o hija transexual, déjalo ser. Acompañalx con amor y ya". 

Cuando a Santiago se le pregunta por sus padres, responde sin dudar: "Ellxs son sobrevivientes de esta sociedad. Más que aciertos y errores, hubo confusión, dolor y desconcierto. Nadie te enseña cómo criar a un niño libre; menos, a un niñx trans. Ellos me acompañaron, no me dejaron en la calle. Vivieron cada injusticia a mi lado así como también fueron protagonistas y me ayudaron a abrir cada puerta". Recuerda cuando en la adolescencia se cortó el pelo, se tapó las tetas y le dijo al mundo que me llamaba Santiago Thomas. "Ahí estaban mis viejos: firmes y confundidos, tristes e incomprendidos acompañándome en mi decisión". 

¿Cómo promover infancias trans felices? Alan lo responde con su experiencia. "A cualquier persona que ejerza la crianza de niñxs les digo siempre: permitan a sus hijxs libertad, déjenlxs ser distintos, impulsen el deseo y la curiosidad, no teman responder preguntas incómodas". No hay una sola manera de transitar el género, ni manuales que enseñen a ser padres, hermanos, familia de un niñx trans. Las vivencias apuntan que más que centrarse en el "problema", la oportunidad es abrirse al "amor". Propone Alan: "Nuestras vidas deben ser de amor y felicidad y no por el simple hecho de ser trans alguien puede venir a violentarnxs o reírse de nosotrxs. Pensemos en las nuevas generaciones: lxs niñxs trans de hoy tienen que ser felices. Nosotrxs ya pagamos el costo de visibilizar nuestras realidades, es hora de que seamos todxs un poco más amadxs y menos señaladxs". 

Por respeto a la norma de uso de los entrevistados, la letra "x" reemplaza la "a" y la "o".

Verónica Dema | La Nación


El 70 por ciento de los chicos LGTB sufren discriminación y piden más capacitación docente.

Los datos surgen de una encuesta realizada en todo el país por la asociación civil 100% Diversidad. La mitad de ellos (51,4 por ciento) contó que pidió ayuda en el colegio, pero en el 42,7 por ciento de los casos esa ayuda fue "completamente inefectiva".



La falta de capacitación de los docentes es el principal problema para poder bajar los altos niveles de discriminación que sufren los adolescentes gay en el aula que, según una encuesta realizada en todo el país, supera el 70 por ciento. 

"La participación del sistema educativo es fundamental, pero no hay una formación docente que trabaje el tema de la diversidad. Debería estar incluido en la currícula de los docentes porque, no quiero sonar dramático, pero de mínima, salva la escolaridad, y de máxima, salva vidas", le dijo a Télam Adrián Helien, especialista en la problemática transgénero del Hospital Durand y Presidente del Capítulo de Sexología y Diversidad Sexual de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA). 

De acuerdo con una encuesta realizada por la asociación civil 100% Diversidad, 7 de cada 10 alumnos LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersex) fueron acosados por su orientación de género. 

La mitad de ellos (51,4 por ciento) contó que pidió ayuda en el colegio, pero en el 42,7 por ciento de los casos, esa ayuda fue "completamente inefectiva". 

Es la primera vez que se realiza este tipo de encuesta, que tuvo el apoyo de CTERA y contó con la participación de 781 alumnos de todo el país. 

El informe sostiene que los "estudiantes están expuestos de manera abrumadora a ser víctimas del lenguaje peyorativo, prejuicioso y discriminatorio: casi ocho de cada diez estudiantes informa haber escuchados comentarios como "puto" o "torta" usados de manera negativa. Un 30,6% de las/os estudiantes LGBT informa que el personal de la escuela no intervino cuando se expresaron ese tipo de comentarios a pesar de que casi tres cuartos de los estudiantes LGBT dicen que les molestan en alto grado". 

La psicóloga Lía Ricón, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y especialista en niños y adolescentes, asegura que resulta "indispensable que el docente tenga claro el problema para poder ayudar a los estudiantes. Si está atravesado por un mandato religioso que considera pecado a las diversidades sexuales que no responden al mandato bíblico o seudo-científico que las considera patología, no va a poder ayudar al grupo a que entienda la problemática". 

El estudio muestra también como se ve afectada la calidad de aprendizaje hasta llegar incluso a la expulsión del sistema educativo. El 38,9 por ciento de los chicos aseguró que a causa del clima hostil había faltado al menos una vez durante el último mes. Por el contrario, cuando se sentían contenidos por sus docentes, las probabilidades de faltar al colegio bajaban al 26,8 por ciento. Además, el 14 por ciento de los alumnos reconoció que tuvo que cambiar de colegio en el último año. 

Helien, autor del libro Cuerpos Equivocados, agrega: "Es un tema muy importante por lo frecuente que es. Los niveles de discriminación son muy altos cuando no se responde al modelo binario de hombre-mujer heterosexual. Para muchos chicos, esta discriminación en esta etapa tiene consecuencias muy graves y una de las más nefastas es el abandono de la escolaridad. Los chicos son altamente vulnerables. La identidad no se elige, se la vive y si se la guarda, puede ser muy dañino. Muchas veces los docentes permiten que esto ocurra". 

Por su parte, Ricón sostiene que no se trata de "tolerar, no hay nada que tolerar ya que esta actitud implicaría colocarse en una posición de por lo menos cierta superioridad que permite "tolerar" a los que "se salen del surco".

Mariana García | Télam