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Diana (27) nació en el cuerpo de un hombre, pero siempre se sintió mujer. Decidió operarse y empezar una nueva vida. Ahora sueña con formar una familia.

por  Mariana Perel / Especial para Clarín MUJER

Diana (27) siempre supo quién era, aunque le llevó muchos años hacerse comprender por los demás. Sus padres y hermanas intuían la ambigüedad de este hijo que no cuadraba en ningún lado. “Cuando era chica sabía que tenía que cumplir el rol que me asignaba mi papá, aunque me resultaba completamente ajeno. Cuando estaba con ellos jugaba con los autitos; cuando se iban, con muñecas”.

La familia, oriunda de Misiones, decidió trasladarse a Buenos Aires cuando Diana tenía sólo cuatro años. Se instalaron en Tortuguitas. La experiencia del jardín de infantes transcurrió sin mayores problemas para Diana; en cambio, la primaria en la Escuela N°16 Islas Malvinas, fue traumática: “¿Por qué te juntás con las nenas? ¿Por qué hablás y te movés así?”, le preguntaban sus compañeros. La primaria fue, a la vez, violenta. “En el colegio me pegaban. Las autoridades no se daban cuenta porque me agarraban a la salida, de camino a la parada. Empezaba uno y se sumaban los demás. Cuando les preguntaba por qué me golpeaban me mandaban a callar la boca. Lo más feo era que no podía contarlo en casa, y como me golpeaban sólo en el cuerpo, no se notaba. Sufría tanto que, en mis épocas de creyente, le rogaba a Dios amanecer en otro cuerpo”. Así fue hasta séptimo grado. “Siempre digo que me salvó el amor de mi familia. No sé qué hubiera sido de mí sin ellos porque, aunque no entendieran qué pasaba conmigo, eran incondicionales”.

Darse cuenta 

Diana se recuerda menudita y andrógina. Vestía ropa neutra, aunque el cuerpo femenino se dejaba ver. Usaba el pelo como los varones. Llamaba la atención porque era difícil de definir. “Siempre me sentí diferente, pero tomé conciencia de lo que yo era a los 11 años, mirando el programa de televisión que conducía Lía Salgado por Canal 9. La entrevistada era una chica trans que se había operado en Chile. ¿Se puede cambiar de sexo? Esto es lo que quiero, pensé. Antes creía que había algo malo en mí, como que no encajaba en ningún lugar: tenía un cuerpo masculino pero no me sentía travesti ni homosexual, me sentía mujer, y me gustaban los hombres. Siempre me gustaron los hombres. Por eso, cuando escuché la entrevista me di cuenta: soy transexual. Quiero operarme, ser una mujer de verdad”.

La conciencia de su identidad coincidió con la cursada en el secundario 208 Tratado Del Pilar. Por un lado, fue una etapa más tranquila porque ya no pretendía que la entendieran ni le importaba lo que opinaran los demás. Pero el dolor iba por dentro. “En la adolescencia tu cuerpo te juega en contra, porque sabés que se está transformando en el cuerpo del hombre que no querés ser. Es como vivir en el infierno. Lo que más me molestaba era el vello corporal. Mi piel es blanca, pero en la cara me salían pelitos negros y por más que me los sacaba todo el día con la pincita, se notaban. En algún momento atravesé la anorexia. No quería desarrollarme: traté de eliminar el cuerpo que me tenía presa”.

Una vez terminado el secundario, eligió seguir el profesorado de inglés en el Instituto Leopoldo Marechal de Bella Vista. Pero algo no andaba bien, se deprimía y su propia vida le resultaba ajena. Llegó un momento en que necesitó sincerarse. “Fui a la psicóloga para que me dijera que no estaba loca. Con su aval, le conté a mi familia lo que me estaba pasando. Tenía 19 años. Mis papás me miraron aliviados: ‘Ah… Era esto’, dijeron. Porque ellos notaban que no encajaba en ningún lado, me veían infeliz”.

Una vez revelada la identidad, pidió a su familia que cambiaran el género de las palabras y le hablaran como mujer. “A mi papá le costó, lo típico. De pronto llegaba a casa pensando que yo no estaba, y lo escuchaba preguntar: ‘¿Dónde está tu hermano?’. Me chocaba. Un día me cansé y le dije: ‘Me estás hiriendo, yo no soy la persona que vos creías que era, además se nota’. Claro, fueron veinte años de llamarme de otra manera. Fue todo un proceso para mí, pero también para ellos”.

Dicha la verdad, Diana hizo desaparecer cualquier vestigio de ropa masculina. Todavía recuerda el primer día que salió a la calle como quiso: “Me puse un pantalón ajustadito, elastizado, con una remera suelta, súper femenina. Me pinté los ojos, la boca. Al principio una quiere ponerse todo lo que nunca se puso, después va moderando. Para los del barrio no fue una sorpresa, ellos dijeron: ‘Ah, claro, era lo que pensábamos’. Me acuerdo que se me acercó una vecina y me dijo: ‘Viéndote así no te puedo llamar por tu nombre’. Le pedí que me llamara Diana. Lo elegí porque era nombre de princesa”.

Cuestión de hormonas 

A los tres meses de sincerarse con sus padres y con el aval terapéutico, Diana visitó a una endocrinóloga para revertir los posibles cambios que tuviera su cuerpo. La médica le recetó pastillas anticonceptivas para disminuir las hormonas masculinas. Las tomó durante un año, después incorporó otra pastilla para el climaterio. “Lo primero que notás es que engordás. Yo era muy menuda, pesaba 58 kilos, y de repente, comiendo lo mismo, todo se iba a las caderas, a las piernas, a los brazos…. ¿Y esto? Te aparece la cintura, el crecimiento del vello en el cuerpo se reduce muchísimo, la piel te queda más suavecita. Está buenísimo. Y te empiezan a crecer las lolas. A mí no me crecieron mucho porque mi mamá es re-chata. Para mí fue natural. Las mujeres biológicas cambian desde chiquitas, en cambio a nosotras nos bajan la testosterona totalmente y nos ponen estrógeno de golpe. Lo raro fue que a mí no me había cambiado la voz antes de empezar con las hormonas, como le pasa a la mayoría que nace con genitales masculinos, ni tampoco me creció la nuez de Adán. Beneficios de mi biología particular”.

Si bien Diana comenzó con el tratamiento hormonal a los 21, recién a los 23 decidió operarse. Alejandra Portatadino, una de las primeras trans argentinas, le recomendó el Hospital Durand. Entonces comenzó a tratarse con el doctor Adrián Helien, conoció a las demás chicas y se enteró del proceso judicial que debía atravesar para operarse. Todavía no se había aprobado la Ley de Identidad de Género, las operaciones se permitían sólo por fallo jurídico. El trámite judicial le llevó más de un año. Finalmente, se entrevistó con el juez Diego Iparraguirre quien, después de conocerla, dictaminó que podía operarse.

La operación 

La operación se llevó a cabo el 14 de julio del 2011, en el Hospital Durand y estuvo a cargo del cirujano Javier Belinky. “El día anterior a la cirugía dormí bárbaro, estaba re-tranquila. De la operación sólo recuerdo que me pusieron la peridural y me indicaron que me recueste. Desperté cuando todavía no habían terminado. ‘¿Falta mucho?’, eso fue lo primero que pregunté. Faltaba muy poco. Salí del quirófano absolutamente feliz. A la primera que vi fue a mi mamá, después a mi papá y al resto de la familia. Estaban totalmente shoqueados; yo, fascinada. No paraba de hablar. Me dolía un poquito, me dieron calmantes y se me pasó enseguida. Estuve internada cuatro días, al tercero me indicaron que caminara hasta el baño, seis metros. Y pude”.

Pasado poco más de un año, Diana puede hablar de sentimientos y sensibilidades. “Muchas chicas no se operan porque creen que después no van a sentir nada. Para mí eso nunca fue lo determinante, lo mío tenía que ver con la identidad. Sin embargo, a los siete meses de operada, tuve un orgasmo”, cuenta contenta.

Una mujer completa 

“La gente me dice que desde que me operé estoy distinta, como que tengo carácter más fuerte. Yo también lo siento. Antes siempre había algo que me retraía, que me hacía sentir mal, incómoda, insegura. Siempre fui una mujer, lo que necesitaba era conciliar la imagen que tenía de mi cuerpo en mi cabeza. Verme sin los genitales masculinos fue básico, los odiaba. Ahora la sensación es de plenitud: puedo mirarme al espejo y gustarme”.

Cuando se aprobó la Ley de Identidad de Género, Diana no perdió tiempo: solicitó la partida de nacimiento al Registro Civil de Misiones: “Sos la primera en modificar el documento”, le anunciaron las empleadas. A los 15 días enviaron los papeles a su casa. A los documentos anteriores los archivó. También modificó el título secundario. Años atrás, Diana había tenido que dejar el profesorado de inglés porque no le habían permitido realizar las prácticas docentes. Todos estos años se mantuvo enseñando de manera particular y trabajando en un Call Center. Hoy atiende un comercio cerca de su casa, en Tortuguitas. En el trabajo nadie supone nada o sí, pero no preguntan. Y ella trabaja tranquila.

Diana sueña terminar el profesorado, emplearse en un instituto de inglés y... Enamorarse. Tuvo dos novios antes de la operación, con ninguno funcionó. Diana sale con hombres, aunque no le resulta fácil: “Conocés a alguien, todo bien, pero cuando se lo contás, te toman como objeto sexual del momento, no se imaginan un futuro. O sí, se entusiasman, pero la familia se opone; o me dejan porque creen que por estar conmigo son homosexuales o simplemente porque no entienden”.

Hoy, Diana no resigna la ilusión de armar una familia, de adoptar y describe su vida como un proceso de reconstrucción. “Pero nada de borrar el pasado. Siempre discuto con mis amigas por este tema, les digo que somos lo que somos por lo que fuimos, no se puede negar la infancia o la adolescencia. No es casual que yo haya conservado la primera letra de mi nombre. No me recorté de raíz, me reconstruí en base a la vida que tuve y a todo lo que me tocó atravesar para poder ser, finalmente, quien soy: una mujer completa”.

Identidad sexual

Adrián Helien, médico, psiquiatra, sexólogo, coordinador del Grupo de Atención a Personas Transexuales del Hospital Durand y autor del libro Cuerpxs equivocadxs.

Hacia la comprensión de la diversidad sexual, dice que “la transexualidad tiene que ver con personas cuya identidad de género no concuerda con el sexo biológico: ‘Yo me identifico con mi identidad de una manera y mi sexo anatómico no coincide’, es la frase más escuchada en el consultorio. Ellos sienten que viven en un cuerpo equivocado. Muchos perciben una sensación de disforia cuerpo-mente desde la infancia, otros la descubren en el pubertad o en la adolescencia y aun en la adultez. Vienen a consultar para que el equipo médico especializado los ayude a armonizarse: es decir, para que los modifiquen de acuerdo a la propia percepción, ya que la mente no puede cambiarse, en cambio, el cuerpo sí. Se lo transforma con readecuación hormonal. El proceso final es la reconstrucción genital”.

Cirugía reconstructiva 

“En una cirugía reconstructiva de genitales femenina se extirpan los testículos, y con la cubierta del pene se hace una tunelización en la zona pélvica donde se genera un espacio para crear la neo vagina. El cirujano construye con el bisturí esta nueva cavidad. También se crea un clítoris con restos del glande, y se reconstituye, a partir de tejido escrotal, los labios, que pueden ser mayores o menores según la técnica quirúrgica”, detalla el doctor Helien. Y agrega: “Hasta tienen sensibilidad”.

“Las neovaginas son sensibles y orgásmicas. El resultado que en general se obtiene es una neovagina que tiene excelentes resultados tanto estéticos como funcionales”, sostiene.

La ley

 La Ley N° 26743 de Identidad de Género y atención integral de la salud de las personas trans, aprobada por el Senado de la Nación el 9 de mayo de 2012, cambió la vida de muchos. “Es una herramienta revolucionaria y fundamental, ya que propone que la identidad autopercibida es la verdadera, aunque no se corresponda con aspectos biológicos como la genética ni los genitales. Y cuando una persona sintoniza su cuerpo y su mente puede vivir de manera armónica. Lo opuesto podría compararse a vivir en una cárcel”, concluye Helien.

Dónde ir

El Grupo de Atención a Personas Transexuales Multitudinario del Hospital Durán se inició en el año 2005, fue el primer equipo de estas características conformado en un hospital público. El Programa está integrado por un equipo quirúrgico, un equipo de endocrinólogos y otro ginecológico. Funciona en la división de Urología del hospital. Hasta la fecha han atendido alrededor de 450 personas. Reciben 100 consultas mensuales.

Sobre Adrián Helien

Médico especialista en Psiquiatría y Sexóloga Clínica. Coordinador del Grupo de Atención a Personas Transexuales (GAPET), División Urología del Hospital Durand.
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